El día que cambié

En este momento estoy acompañando a personas queridas a transitar caminos difíciles. Cada uno diferente, espinoso, doloroso, que parecen no acabar y con tendencia a empeorar. Una de ellas me preguntó con muchísima desesperación en su voz: ¿Cuándo voy a cambiar? ¿Cuándo va a dejar de doler?

Esta pregunta me hizo reflexionar mucho… pronto, le dije… yo mentía y ella lo sabía, pero nos quedamos conformes con la respuesta mirándonos la una a la otra mientras le cogía la mano esperando de alguna forma aliviar su pena.

Este articulo lo llame el día que cambie para satisfacer tu necesidad de inmediatez, esa necesidad de saber que hay un día en que te detienes y dices: ¡ya cambié, todo terminó!, pero mentí. Ese día no ha llegado y no va a llegar. Decir cambié indica que es algo que quedó en el pasado y pensar que se cambia una sola vez es mentir. El nombre correcto es en todo caso: el día que me di cuenta que estoy cambiando, que empecé a ser consciente de mi cambio.

A estas personas les dedico este artículo que no tiene la intención de desmotivar, tiene la intención de ayudar a entender que no hay fin para este proceso, solo eres consciente de él.

Cambié cuando quise, no hubo un momento mágico, ni un libro, ni un curso, ni un taller, es más, no cambié cuando quise, cambié y no supe que cambié, simplemente ocurrió… y sigue ocurriendo. No existen pasos, talleres cortos ni largos, fórmulas mágicas, gurúes, ni religiones. Nada de eso funciona si no estás listo para recibirlo. Proponerse a cambiar posiblemente te haga gastar mucho dinero y acumular mucha literatura, ahora, darse cuenta de que inevitablemente estás cambiando hagas lo que hagas, es sin duda una de las herramientas más útiles que conozco, ya que estarás más alerta de lo que pasa dentro de ti, que es en definitiva lo que único que puedes cambiar.

Te cuento algo: en medio de un torbellino emocional en el que me encontraba me propuse cambiar, esta determinación estaba bañada de culpa. Pensaba que si “cambiaba” las cosas serían como antes. Hice muchas cosas y me sentía igual. Comencé terapia, hice cursos y talleres y me sentía igual, estas terapias, cursos y talleres eran anestesias temporales al dolor. Me daba cuenta que no era que estaba mejorando, es que mientras hacía eso no estaba pensando y por ende no estaba sintiendo.

Sin embargo, no desistí, seguí asistiendo a mis reuniones de coda, talleres, terapia porque, aunque al llegar a mi casa volvía al bucle sin fin del dolor-culpa-frustración, durante ese momento “anestesia” era feliz. De una forma u otra cambie mi adicción de permanecer en modo dolor y autocompadecimiento al modo anestesia. Comencé a asistir a más reuniones, a más talleres y a más terapia. Poco a poco y por repetición del esquema de reuniones de Coda, los pasos, las promesas, las charlas, una y otra vez sin parar comenzaron a echar raíces, comencé a entender mejor la literatura y los libros que había comprado y ya había leído. Poco a poco la idea de volver al bucle dolor-culpa-frustración no era negociable. No había manera de volver atrás.

Entonces me dije: soy consciente de que estoy cambiando y que ese proceso no tiene fin. Soy consciente de que algún día no estaré, de que envejezco, de que el amor cambia a diario, de que todo se está moviendo, aunque yo permanezca inmóvil. Soy consciente de que lo que tengo hoy puedo no tenerlo mañana, de que no puedo dar nada por sentado, de que no soy perfecta y que apenas ahora he comenzado a aprender. Es en este momento donde dejas de leer y  comienzas a experimentar, donde quieres contribuir con los demás. De ahí el nacimiento de este blog.

Ahora te digo a ti que has recibido este mensaje de manera directa y a ti que lo has leído aleatoriamente en la web o Facebook que, aunque suene a un gran cliché: eres enormemente fuerte para vivir lo que sea que te esté tocando vivir, no somos capaces de reconocer nuestros recursos a no ser que estemos en situaciones límites, que estarlo viviendo no te califica de ninguna manera, que no has hecho nada mal, que a veces hay que reconocer nuestras sombras para aceptarlas y vivir con ellas, que esto no es ninguna prueba ni castigo, es simplemente vivir, de esto se trata. Venimos a conocernos en todas nuestras facetas y esta es una más de ellas. Experimentarás alegría, gozo, placer y también dolor, miedo y angustia… no puedes experimentar una sin la otra, son caras de la misma moneda. Pretender vivir con solo una cara de la moneda es irreal y lo más importante: nos pasa a todos por igual, no solo a ti. No estas sol@. Ánimo.

Bárbara

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